Sólo hay que fijarse un poco para adivinar la noche de insomnio en una piel extenuada o las lágrimas que acaba de verter la mirada enrojecida y huidiza de quien prefiere consolarse solo.
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| Shar Pei |
Me entretiene observar a la gente en una sala de espera. Imagino su carácter al mirarles a la cara, expresiones a veces cómicas cuando parece que se les ha congelado el gesto de asombro o de preocupación. Y sospecho que ese gesto viene a explicar su modo de entender las cosas.
Procuro.
Anoche mi hijo me llamaba con el tono lastimero del incomprendido, desde lo alto de su litera, ya a oscuras, para ver si se le arreglaba un asunto. Me asomé a pedirle silencio para que no despertara a su hermano que ya dormía, debajo, y la puerta entreabierta filtró la luz del pasillo.
– Mamá, ven.
– No, Guille, duérmete. Estoy muy enfadada contigo y vas a seguir castigado.
– Yo quiero portarme bien, pero es que Tristán me tose encima, me empuja al pasar, me coge el álbum sin permiso, puntos suspensivos, mamá.
– Ya hablaremos, es muy tarde.
– Ven, mamá–, repitió mientras me alargaba el brazo para retenerme a su lado.
Una madre sabe distinguir los balidos de sus hijos cuando de verdad la necesitan.
Me acerqué hasta su cabecera y empecé a acariciarle el pelo al tiempo que intentaba hacerle entender que le exijo más a él porque es el hermano mayor, que debe empezar a aprender a controlar su carácter y que nos tiene que pedir ayuda si no lo consigue solo.
Porque dejó de interrumpir con protestas, supe que estaba escuchando.
– Cierra los ojos, –le dije–, y fui recorriendo suavemente con mi índice los frunces de su obstinación, tan reacia a relajarse, hasta que al fin se durmió, ya reconciliado conmigo, para caer en el sueño inocente de los aspirantes a superhombres.
Me acuerdo de las palabras de Nieves, la logopeda del colegio que le enseñó a pronunciar la "erre" cuando tenía seis años:
– Guillermo es un encanto, tendríais que ver cómo ayuda a los demás niños de la clase con los fonemas que sí le salen. Hoy he repartido caramelos y me ha pedido uno más para llevárselo a una compañera que no ha podido venir. Espero que Guille no cambie, porque no sé qué hacemos con ellos, que con el tiempo se vuelven ariscos. Ya ni saludan cuando te ven.
Me asusta pensar que puedo ser responsable de este cambio. Reconozco mi tono seco y afilado cuando grita "¡Tristán!" cada vez que su hermano lo exaspera y me preocupa hasta qué punto estoy influyendo en su modo de enfrentarse a la vida. Y procuro...
Procuro fingir serenidad bajando en la escala hacia los graves y demoro las palabras cuando la cosa se tensa en casa para que nadie pueda advertir que empieza a palpitar mi sien.
Me pregunto qué tejido interno irán surcando esas líneas de expresión que no exhibimos en la frente. Si no tendremos estriada un poco el alma.
Puede que mis hijos hayan descubierto ya que su madre no es fortaleza, que disimula su inseguridad y me intuyen inmadura, infantil e inacabada. Pero aunque soy consciente de que no ha concluido mi propia metamorfosis, algo me hace sentir alivio:
Sé que no he cristalizado, aún puedo mejorar.
YouTube Sinfonía nº8 de Franz Shubert "Inacabada"

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