Canjeo mis días libres por unidades de placer. Me doy el gustazo de despertarme con los abrazos de mis hijos que se me suben encima, perezosos, para colarse entre las sábanas reclamando su primera toma de calor y de ternura —esa concesión de justo capricho que otorga el instinto maternal por el bienestar de sus crías—, y me deconstruyo en besos, caricias y ronroneos hasta que llega el momento de prepararles para el cole.

Después selecciono "Moonriver" en mi iPod y me tomo mi tiempo en el baño entre agua y algodón mientras le doy un repaso a la vida. Escojo la ropa más cómoda y preparo el desayuno en una danza sincronizada que concluye con el silbido de la tetera y abre paso a las noticias al tiempo que le doy un bocado a mi tostada.
Y ya puede comenzar el día.
Leo, escribo, toco el piano. Salgo a caminar por el parque porque por fin sale el sol o quedo con un amigo para ver una exposición que está a punto de concluir y brindamos por el privilegio de disfrutar de un lunes a contracorriente que nos concede nuestro trabajo a turnos.
Esa es la idea.
Pero si a los cinco minutos de decir adiós a los niños me sobresalta comprobar que aún cuelga una mochila del respaldo de la silla, me enfundo mis vaqueros a la carrera, me abrocho la cazadora sobre la camisa del pijama y cojo el coche a ver si logro adelantar al autobús de la ruta. Ya a la vuelta, triunfante, lleno el depósito de gasolina y aprovecho para ir al supermercado. Cuando llegue a casa, me tomaré un café rápido mientras organizo el contenido de las bolsas. Ducha y secado express. Planazo, para otro día.
A partir de ese momento todo lo haré ya con prisa, y es que una vez que acelero el ritmo, me cuesta volverme a pausar. Enlazo deberes, baños, cenas y pesadillas con cinco madrugones seguidos a las seis de la mañana que me aceleran el pulso. Una palpitación a destiempo, la mismísima taquicardia. Y arrastraré un estrés absurdo el resto de la semana.
"La única razón para que el tiempo exista es para que no ocurra todo a la vez" - se le ocurrió pensar a Albert Einstein-. Mi impaciencia no parece estar muy conforme y algo en mi interior se mueve a velocidad semicorchea.
Pero acaba llegando el día en que, buscando un sitio para tomar algo, te asomas con tu marido a un café donde, del otro lado de la ventana, se ve a gente despreocupada que conversa desde cómodos sofás y sillones. Contra la pared, una librería de madera ofrece libros que reconoces. La dueña del establecimiento posa unas copas sobre la mesa baja y hace reír a todos con un rápido comentario. Cerca de ellos dos jóvenes ensayan punteos con la guitarra.
Hay momentos en que el tiempo se detiene para dejarte pasar. Y al cruzar el umbral de esa puerta, notas cómo poco a poco vas recuperando el latido.
No habíais reservado pero queda una mesa libre y desde ese momento, ese lugar os pertenece. La estancia, iluminada por unas velas, no sugiere romanticismo, acaban de llegar vuestros amigos y acabáis a carcajadas.
Ya pasó, ya pasó... te dice, tranquilizadora, la almohada y tu cabeza se le apoya, confiada. Ya serena, te propones conciliar calma y urgencia. Aceptas que los horarios son líquidos y aprendes a disfrutar esos tragos discontinuos de entusiasmo, placer y responsabilidad que le dan ese sabor tan característico a la vida.
Que así sea.
TouTube "Moonriver" Breakfast at Tiffany's
Buenas reflexiones María. ¿El tiempo es líquido? Si te escuchara un corredor...
ResponderEliminar¡Gracias, Chuli! ... tan líquido como el sudor que resbala por su cuerpo. ¡Suerte en Sevilla!
ResponderEliminarEl tiempo no es. Somos tiempo. De las pocas cosas que están claras. Y cada cual hace con el suyo lo mejor de que es capaz. Opinable, desde fuera jamás juzgable. Comparto contigo el placer de la pausa, la libertad exquisita en laborables y el placer de una bañera tibia.
ResponderEliminarPsss!..., prueba a echar una infusión de canela en el agua, y me cuentas.