Tiene siete movimientos seguidos, cuando lo standard son cuatro. Todos conectados. No se nos permite parar entre movimientos.
No hay descanso ni se puede afinar. Beethoven insistió en que fuera tocado attacca, sin pausa. ¿Intentaba, tal vez, señalar alguna cohesión, alguna unidad entre los actos aleatorios de la vida? ¿O, por ser sordo y sentir cerca el final, pudiera saberse sin tiempo para pausas, para un descanso?
Para nosotros significa que al tocar durante tanto tiempo, nuestros instrumentos acabarán desafinándose cada uno de una forma distinta. Un desastre.
¿Qué deberíamos hacer? ¿parar? ¿o luchar para ajustarnos continuamente el uno al otro hasta el final aunque estemos desafinando?»
Christopher Walken. El último concierto.
Hace semanas leí un artículo que Susana Tamaro publicaba en el suplemento de un periódico de tirada nacional.
Lamentaba que las nuevas generaciones, aturdidas por una lluvia persistente de estímulos electrónicos e incesante información mediática con disimulada voluntad de distracción, discurran sin solución de continuidad en un solo sentido, el del pensamiento colectivo. Ella lo llama homologación. Homologación significa que aquello que pensamos (aquello que creemos que pensamos) es en realidad lo que otros han pensado por nosotros.

Ya no disponemos de tiempo para un aburrimiento fecundo que excite la reflexión, la maduración solitaria, el pensamiento crítico.
Aplazamos eternamente la cita obligada con nosotros mismos para afinar nuestros corazones desconcertados. No hay diapasón para todos y yo ni siquiera estoy segura de tener buen oído para conseguir sin ayuda la correcta entonación, pero siento verdadero placer al intentarlo. Es ya una necesidad.
Emplazada por mis pensamientos en la quietud iluminada de este lado del sofá, subo los pies a la mesa, abro el portátil sobre mi regazo y doy sorbos a una taza de café humeante. Razono, medito, me recreo fabulando. Las ideas retozan alborotadas en mi cabeza y yo juego a acertarles la intención y a adecentarlas. Cuando por fin se están quietas y doy con la perspectiva, presiono el disparador y les saco una instantánea. La fotografía irrepetible del arrebato del día. Siempre distinta, casi opuesta a la anterior, a la siguiente...
¡Trepidada!, ¡otra vez trepidada! desenfocada por el mal pulso, la torpeza del fotógrafo, del novelista impostor.
Calzo nuevos zapatos de deporte y atravieso corriendo el parque hasta llegar a una sala a cuarenta grados centígrados donde sudar mi ansiedad con profusión durante noventa minutos, esforzándome por mantener en equilibrio las veintiséis posturas de bikram yoga. Y pienso.
Mi naturaleza indómita reclama ahora disciplina. Comprendo que me hace falta adiestramiento, agilidad malabarista con que manejar recursos literarios y trucos narrativos, muscular el ingenio... que tengo mucho que aprender y que sola yo no puedo, así que resuelvo pedir consejo, ajustarme a horarios, comprometerme. Me informo y marco un número de teléfono, sin duda dispongo de dos horas semanales.
- Buenos días, ¿quedan plazas para escritura creativa los viernes a las cinco y media?
- Dependemos de que se complete el grupo para ocupar este horario, ya le avisaremos. Déme su nombre y teléfono, por favor.
- María Herrería. 609... Muchas gracias. Espero a que me llamen. Hasta luego.
¡Ya está!.
Como diría mi "amigo" Reverte... No seas ingenua, ¿no pretenderás aprender a escribir en un curso?. Estudia, céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz, saquea a los clásicos, toma de ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros, y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.
Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. Espera a que esta vida te deje huellas y cicatrices, a conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden.
Pero recuerda: escribe sólo cuando tengas algo que contar.
Escribe sólo cuando tengas algo que contar, escribe sólo cuando tengas algo que contar...
Y aquí estoy, acabando los deberes para mi clase de mañana e intuyendo que no era esto lo que se esperaba que escribiera. Soy consciente, sin embargo, de haber contestado cumplidora a cada una de las cinco preguntas:
Estáis en una sala de pasajeros en tránsito.
- Expectativas acerca de este curso/viaje
- Deseos
- Miedos
- Equipaje
- ¿Algo que declarar?
- ¿Algo que declarar?
- ¿Algo que declarar?
YouTube Opus 131 Beethoven
No me atrevo.
ResponderEliminarEl silencio puede ser muy elocuente.
Brillante.
Josechu
Muchas gracias, hermano
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