jueves, 15 de mayo de 2014

LA SEVERIDAD DEL EPÍTETO O EL EFECTO PIGMALIÓN

Esta mañana he decidido que mis hijos ya tienen edad de coger solos el autobús del colegio, sólo hay que caminar unos metros y cruzar el paso de peatones hasta llegar a la parada. 
La ceremonia de los besos y de los abrazos hoy se ha visto abreviada por la agitación del acontecimiento, supongo que no calculan bien los tiempos y temían llegar tarde. En un instante sus mochilas desaparecían por la puerta. 
Me asomé a la ventana para verles pasar y sentí una punzada entre nostalgia y orgullo al ver el brazo de Guille rodeando a su hermano mientras se alejaban juntos con paso resuelto y la actitud solemne de dos niños que estrenan responsabilidad

Me quedé mirando el espacio que acababan de recorrer hacía sólo unos segundos, ya vacío, absorta en una extraña sensación de soledad. 

¿Qué años tendría yo cuando dejaron de acompañarme al cole? Calculo que unos once. Para atajar, solía atravesar un parque. Recuerdo el día en que me crucé con dos jardineros. Uno de ellos hizo el amago de besarse las puntas de los dedos pronosticando al mirarme: "de mayor vas a ser..." "¡una mierda!... va a ser" —acabó la frase el compañero—. Yo avanzaba sin volverme, simulando no haber oído porque mi primer piropo callejero me había hecho experimentar una desconocida vergüenza. Pero fue esa segunda sentencia la que resonó en mi cabeza hasta entrar aquella mañana en clase.


Me pregunto qué sinuoso mecanismo de selección acciona nuestra memoria para que se nos quede grabado aquello que más nos duele.

Todavía conservo el boletín de evaluación sobre el que mi padre escribió con bolígrafo y en mayúsculas: MUY TONTA - TONTA - NORMAL - LISTA - MUY LISTA debajo del MUY BAJA - BAJA - MEDIA - ALTA - MUY ALTA que compara la nota de la clase con la del alumno, para que yo entendiera la importancia del esfuerzo por alcanzar los objetivos. Él era de la clase de padres que se fijan en la media y no en las calificaciones.

Mi gráfica me colocaba en desventaja y eso me presuponía tonta.

Los niños creen lo que se les dice. Yo nunca me he considerado inteligente ni he confiado en mis capacidades, por eso voy mendigando un poco de reconocimiento cada vez que consigo un logro. 





Hace poco me hablaron de Jean Genet. Un niño adoptado que, abyecto por convicción, se condenó a sí mismo cuando, a los ocho años le sorprendieron robando alguna cosa innecesaria: "¿Me llamáis ladrón?, seré ladrón". 
Existe cierta forma de placer en el resentimiento.

Resulta tentador pensar que he estado adecuando mi actitud a un calificativo, que siempre he podido elegir, que aún puedo ser quien pretendo. 
¿En qué podría destacar? ¿Qué hace falta exactamente? ¿Talento? ¿Experiencia? ¿Determinación? En ocasiones depende de tu tono muscular que la mejor de las ideas, de las intenciones, se te escurra entre los dedos.

Tal vez aquel jardinero intuyera que yo no podía valer mucho. Y aunque en algunos momentos de feliz ingenuidad me considere interesante, un criterio más objetivo me presenta la evidencia y vuelvo aullando a mi sitio. Comparo y salgo perdiendo. Aparto la mirada del espejo y se cumple así la profecía. 


El estigma pesa demasiado. Alguien te señala un día y te pone el nombre que va a actuar sobre ti como un potente bebedizo, y habrás de confiar en ti misma para encontrar el antídoto que te devuelva la creencia de que potencialmente, próximamente, o incluso quizá ya seas extraordinaria.



4 comentarios:

  1. Conoces el punto de partida, pero no el destino. Un viaje corto pero intenso, unos minutos donde caben la sonrisa, la ternura, el fruncido de ceño, la agitación neuronal (cada uno en la medida de sus posibilidades) ...Un placer EXTRAORDINARIO leerte.

    Un beso fuerte,

    M.

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  2. Gracias!
    Tu relato está lleno de belleza.
    Y aunque desconfío de las palabras porque son insuficientes para describir la realidad, he sentido tus estados de ánimo.
    Otro beso, R

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  3. Gracias, Rubén. Ya tengo ganas de volver a coincidir contigo.

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