miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA SOMBRA DE SU DESTINO

César lleva tiempo buscando su sitio, como perro que da ocho o diez vueltas a su almohadón antes de tumbarse en él, intenta encontrar la postura. Por confortable que su nuevo entorno prometa ser, él siempre lo encontrará incómodo. Le urge un cambio, otro más. Volver a empezar.

Corre frenéticamente huyendo de sí mismo por el teclado del ordenador, hasta que de madrugada -siempre insatisfecho-, se rinde derrotado sobre él. Lo imagino en la más completa oscuridad todavía buscando excusas para continuar desvelado. Uno no puede descansar sin haber solucionado un problema, esa sombra que no consigues recortar de tu propia silueta.

De modo que dedica su tiempo a buscar piso, a reciclar su círculo de amistades, a intentar poner su mente en blanco en sus semanales clases de yoga, acude al taller de escritura puntualmente cada viernes por si un día aprendiera a desahogarse y con ello ordenar su vida... pero todo lo que hace es enredarse más aún en sus palabras, deliberadamente rebuscadas para poder esconderse en ellas y que allí nadie le encuentre. 

Querido César, te repito aquel mensaje: 

Enfréntate. Tira de eufemismos si no te atreves a ponerles nombre, pero da por fin la cara. Aquí todo vale y nadie juzga. Si acaso tu estilo literario. Déjate llevar. Ese cambio que tanto ansías, se tiene que producir en ti.

Juan Ramón Jiménez lo habría expresado mejor:

«¡No corras, ve despacio,
que adonde tienes que ir es a ti solo!.
¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo, reciennacido
eterno,
no te puede seguir!.»

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