Bajar, un pis rápido y subir. O esa era la intención.
Busco una sombra y saludo a todo el mundo, que desde que tenemos Randall "nos" hemos vuelto simpáticos.
Se aproxima un carrito de tela escocesa que arrastra sin ninguna prisa una señora mayor con las piernas separadas al ancho de las caderas. Allá va Randall todo contento, le encanta que le digan lo lindísimo que es. Ella se para y me dice con voz pausada: -Es que tengo miedo, ¿sabes?
Cojo inmediatamente el caniche en brazos y esta mujer se sube una pernera de su pantalón para mostrarme el motivo aunque yo no lo comprendo.
–Tengo varices. Un arañazo podría romperlas. A mí no me asustan los animales. Los animales son mejores personas que las personas. Yo soy de un pueblecito de León.– Hace una pausa y me mira a los ojos –¿Me permites que te cuente?
–¡Uffff!, ¿puedo tomar una decisión o no me queda otra que escucharla? Valoro en una fracción de segundo su aspecto en busca de algún indicio de la naturaleza de su relato. Mi vista pasa fugazmente por la permanente rubia y se detiene en su mordida plana donde un copo color café se desliza de un diente a otro con el trasiego de su lengua. Quizá se siente sola y desea esta oportunidad para poder hablar con alguien. No sé cuánto tiempo me tendrá aquí entretenida. Poso a mi cachorro en el suelo para que pueda jugar con otro perro en la distancia. Mmm... Espero saber interrumpirla cuando se prolongue demasiado.
–¡Claro!
–Mi padre compró una vaca en una feria en Asturias, porque le dijeron que iba a dar mucha leche y se la trajo al pueblo.
Por primera vez en este encuentro me doy cuenta de su marcado acento leonés.
–Y era verdad–, dijo tranquilamente con tono resuelto para recalcar el acierto de este negocio –daba mucha, mucha leche.
Bueno. Un día la vaca no aparecía y la buscamos por todas partes. Nada. En los alrededores había muchos agujeros y pensaron que se podría haber metido en alguno. Este pueblo era minero, ¿sabes? mi padre no trabajaba en la mina, él era ganadero, pero a mucha honra también.
Todo el pueblo se puso a buscarla. Bajaban con lámparas para ver si la veían y así estuvieron cuatro días. Nada. La tuvimos que dar por perdida.
En aquella época solo había un teléfono que estaba en el bar del pueblo. Un día llamaron preguntando por Anselmo, que así se llamaba mi padre. Resulta que era el criador que le había vendido la vaca para decirle que había aparecido en su prado. Después de 14 días había llegado a Cangas.
–¿Cangas de Onís? –Pregunto genuinamente sorprendida.
Siento su mirada complacida ante mi reacción –¡Mira cómo sabes!
–¡¡¡¡Una vaca!!!! He sabido de algún perro que ha recorrido largas distancias para encontrar a su dueño, pero ¿una vaca? ¿Cuántos kilómetros habrá caminado? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Por dónde? ¿Por la carretera?
–¿Cómo se llama tu pueblo?
–Lillo del Bierzo
Me muerde la curiosidad y saco el móvil para consultar en Google Maps qué distancia hay
–desde Lillo del Bierzo hasta... ¿Cangas?
–Cangas de Narcea –se corrige–.
–¡87 km!!! ¡Un día caminando a paso de persona! Miro el mapa y la carretera dibuja una enorme uve para sortear –imagino– prado y montes. Le enseño la pantalla de mi móvil pero no estoy nada segura de que lo sepa interpretar.
–¡Qué honrado fue este hombre por avisaros!
–Pues sí. Fueron mi padre y mi hermano a buscarla y la trajeron de vuelta a casa.
Yo era pastora y cuidaba muchas vacas. Todas pastaban tranquilamente –Decía mientras las imitaba con un movimiento de su cabeza. Luego levantó mucho la nariz para olfatear a un lado y a otro y explicarme de este modo el comportamiento de la nueva –Pero esta no. Esta olía la carretera. Sabía perfectamente por dónde habia venido. Tuvimos que poner un pastor.
–¿Eléctrico?
–Sí, eléctrico. Contesta con una sonrisa, satisfecha al comprobar que comprendo lo que dice.
–¿Pero sabes que pasaba? Que cuando la iban a ordeñar, si mi padre estaba delante mi marido le decía –¿no tiene usted algún recado que hacer?– porque hasta que no se marchaba la vaca no paraba de mover los cuartos traseros y no daba ni una gota de leche. Es que mi padre... (acabó la frase agitando la mano, a modo explicativo, como si estuviera sujetando una vara)... y mi marido se las tenía que ingeniar para que se fuera a otra parte, porque si no, no había forma.
Por eso digo que los animales son mejores personas que las personas. Tengo muchas historias, dice inclinando su carrito con la vista en algún lugar de su memoria y, enredada en sus recuerdos –por su expresión, agradables–, se despide amablemente para proseguir su camino.
Randall lleva ya un tiempo tumbado sobre el frescor del césped. Yo permanezco en el sitio mirando cómo se aleja.
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