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domingo, 19 de enero de 2014

LA INSOPORTABLE VACUIDAD DE UNO MISMO

Un hombre deja de ser hombre en el mismo instante en que se endurece y renuncia, derrotado, a sus anhelos. Conservará un embrutecido instinto, sólo por sobrevivir, pero habrá de prepararse para la emboscada que le confine al lugar donde debe permanecer la bestia. 

Ahora pienso que era demasiado sensible, -esa inconveniente condición humana-. A los pocos años de nacer, un gran vacío emocional se le instaló en el alma. Ya de pequeño tiraba de audacia para llamar la atención, reclamando a gritos su dosis, nunca suficiente, de reconocimiento, por lo que se atrevió a transgredir a la medida de sus posibilidades:

a los cinco comía hormigas a fin de escandalizar a sus compañeros de clase, a los trece volvía a casa con los pantalones destrozados de montar caballos salvajes y a los veinte ya le robaba el coche a su padre para impresionar a la última chica que pasaba por su vida.

Se dio prisa por crecer. Su verdadero atractivo trascendía a una belleza natural algo estudiada. Metro ochenta, tez bronceada, atlético. Sus ojos castaños enmarcados en una mirada serena, emanaban sensualidad. Elegía ropa cómoda: camisas o polos, vaqueros y botas camperas bien engrasadas. Lo recuerdo apasionado e impulsivo. Soñador. Su excedente de romanticismo lo racionaba con la intuitiva estrategia del seductor.



Quienes se aproximaban a su campo magnético, quedaban repelidos o atraídos para siempre. Se ganaba con talento, sex-appeal y un aire de fragilidad su espacio en el bulevar de los afectos... o lo invadía, impaciente, dejando un rastro de desasosiego.




Ansioso por hacerse comprender en su lenguaje de excesos y sensaciones, conoció al fin, incondicionales que le entregaran su alma a cambio de lealtad, y enamoró a muchas mujeres haciéndolas sentir fascinantes e imprescindibles.

Fueron días de gloria. El canto de la cigarra. La fortuna efímera del buscavidas.


Siguió tentando a la suerte de lo prohibido... y perdió. 


Llegó el día en que, a las cuerdas de su guitarra no conseguía arrancarles la melodía más dulce, sino un obstinado lamento incapaz de convencer. No bastaba con mendigar perdón por el último arrebato de celos, y un precipitado regalo no hubiera comprado ya la compañía de nadie. 

Cuando esto ocurre, adoptas la encarnadura del lobo estepario y te ocultas, insensibilizado, en una sórdida guarida para soportar tu decadencia. 

La última vez que lo vi, andaba solo. Había perdido peso y parecía avejentado, pero lo reconocí enseguida. Sabía que era consciente de que lo evitaban, sin embargo caminaba erguido, abstraído en algún pensamiento inaplazable. Pensé en aquel cuaderno donde anotó hace ya tiempo esta frase:


"Hay que ver en lo vulgar que se convierte el ser amado al dejar de serlo. En alguna ocasión hay que resignarse a no ser más que uno mismo".


y me pregunté en qué momento habría presagiado su destino.

Me entero meses después de que un nuevo embate lo dejó tumbado sobre la lona, debatiendo consigo mismo la conveniencia de volver a levantarse. 

Está aún tambaleándose, lo sé. Aturdido, pero en pie. No es de aquellos que se rinden. 

Algunos atardeceres aún se le escucha aullar. 

Es la punzada de dolor que experimenta el animal que acaba de recordar que fue humano, y comprende con desesperación y angustia lo que ha hecho con su vida.




(Esta canción me la enseñó él. Yo tendría doce años. Todavía me estremezco al escucharla.)



YouTube "Las malas compañías" Joan Manuel Serrat

lunes, 4 de febrero de 2013

EL SÍNDROME DE PENÉLOPE

La Odisea es un poema épico griego atribuido a Homero. 

Penélope es la esposa del rey de Ítaca, Odiseo. Ella aguarda durante veinte años el regreso de su marido de la Guerra de Troya.
Mientras él está fuera, Penélope es pretendida por múltiples hombres. Les promete un nuevo enlace cuando termine de tejer un sudario en el que estaba trabajando. Para mantener el mayor tiempo posible este tejido en elaboración, procura deshacer por la noche lo que creó durante el día, y de esta forma supera la larga espera.

Ésta es la visión romántica de mi dramática realidad: Destruyo en un momento lo que tanto esfuerzo, tiempo o, incluso, dinero me ha costado conseguir.




Si se trata de educar a mis hijos, cuido mi tono de voz, elijo las palabras y los gestos más cariñosos, me invento maneras originales para conseguir de ellos lo mejor y al cabo de un tiempo, cuando todo parece estar funcionando, llega una ola en forma de reproche que desmorona el castillo de arena. 

Como, después de un cumpleaños, haya sobrado tarta de chocolate, encuentro una excusa cada cuarto de hora para asomarme a la cocina y cortar un nuevo pedazo hasta acabarla... por mucho que me haya costado pasar la semana anterior a dieta y hacer ejercicio a conciencia.

... y volvemos a empezar. 

Hace poco aprendí esta palabra: "resiliencia". Es la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecido. 
Sin duda cuento con buenas dosis. Es lo que me hace querer superarme cada día.

Soy nerviosa, impulsiva, apasionada y entusiasta. Explosivo coctail emocional que se me suele volver en contra. Demando con tanta impaciencia que deviene en ansiedad. Me faltan fuerza de voluntad y constancia y siempre llego tarde a morderme la lengua.


De todas mis recaídas, hay una en particular que me condiciona la vida. 
Cada vez que una situación me supera o se me disparan los niveles de estrés, reacciono llevándome las manos a la cara pellizcando compulsivamente haya o no haya granitos. 
He probado con tiritas en los dedos, mensajes en el espejo y hasta antidepresivos. Me gasto el dinero en cremas, tratamientos y cosméticos.
Llevo tanto tiempo repitiendo esta conducta que me han quedado señales. Me tengo que maquillar para salir de casa por si me cruzo con alguien. He de contar con al menos media hora antes de ponerme en marcha. No me planteo apuntarme a un viaje de buceo, no me doy baños en la playa ni se me ha visto por la piscina; siento un terror al contacto con el agua en público parecido al de Daryl Hannah en "Splash".

A veces me pregunto cómo habría sido yo de no tener que preocuparme. Podría saltar de la cama a la calle en apenas cinco minutos. No me habría perdido tantos planes al aire libre sólo por no estar lista a tiempo aunque reconozco que hay momentos en que prefiero quedarme sola, parte de mí es aún lobo estepario.

Me relaja escribir, me ayuda a ordenar mis ideas y a conocerme mejor. Esta cura de narcisismo abre paso a la catarsis que venía necesitando.

Mañana lo vuelvo a intentar.



                                          


YouTube "Resistiré" Dúo Dinámico